nota pendiente: En Salta (3 de octubre de 2011)

El sol de Orán me quema la nuca.
Mis padres preocupados al teléfono.
Colectivo a Embarcación.
Con arena entre los dedos de los pies, visito varias casas de la comunidad.
Dos jovencitas me ayudan a cargar con una tele.
Sirvo gaseosa y juego con los pibes hasta romperme un zapato.
Cansada, con sudor en la espalda y tierra en el pelo, camino con Mónica en la oscuridad y canto para que se ría.
Me siento afortunada por estar acá y hacer este trabajo.
La nueva mañana me recuerda a Guatemala; la amenaza de lluvia, la lentitud de la gente.
Me conmueve la ternura de una abuela, negra y pequeñita, que lleva al colegio a su nieto, blanco y sonriente.
Un hombre en bicicleta, con la mejilla hinchada por hojas de coca, charla con una mujer que barre la acera.
No sé si esto es consciencia de la felicidad o de que, en algún momento, recordaré estos días como un tiempo feliz.
Tengo ganas de volver a casa y eso me parece un buen síntoma.

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nota pendiente: Trayecto (8 de septiembre de 2011)

Hoy terminé tarde en el trabajo. De la oficina desierta me despidieron la comprensión de Sebas y la sonrisa de Claudio (a pesar de que pisé su suelo mojado).

Cuando salí a la plaza, el cielo era azul intenso y los árboles desprendían un olor que me resultó familiar: todo parecía un atardecer de verano en Colindres. Aunque sin rastro del mar.

Sentí que, de pronto, el tiempo iba más despacio. También los autos.

En la parada del 17, tras las ramas negras de un árbol sin hojas, vi una luna blanca y pequeña como una canica.

En el colectivo, el aire que se colaba por la ventanilla me hizo volver a Guate, a mis viajes en camioneta observando la vida (los mercados, la gente, algún niño durmiendo dentro de una caja). Acá no encuentro aquella alegría. Pero Buenos Aires siempre fue acogedor conmigo.

Mi planta se agita sobre mí y me recuerda el principio en el que estoy. También lo que fui capaz de decirle a Sandra: que quiero a mi lado a alguien que me permita amarle sin medir, sin medirme. Y que me quiera así también.

Del trayecto no percibo casi nada porque estoy muy dentro de mí. Un chico me mira con insistencia y entonces se me ocurre que quizá en mi cara se adivina lo que estoy pensando.

Una vez más, hoy recordé que el mundo es más grande que mi mundo: más que la oficina, más que esta ciudad, más que los gestos que le interpreto, más que lo que me ocupa o me preocupa en estos días.

Al llegar a casa, Sugus me acaricia, me olfatea y me lame el ojo derecho.

Estoy preocupada por ella, por lo que me contó por teléfono. Y aún me queda trabajo pendiente. Pero mi casa, pese a su eco, siempre me ayuda a descansar.

Después de todo, los días son sólo esto. Estallido o rutina, como dice Mario. Creo que hoy tuve un poco de los dos. Y aún no sé por qué me parece lo bastante importante como para escribir sobre ello.

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nota pendiente: (Imre Kertesz, en Diario de la galera), (3 de septiembre de 2011)

“En la vida de un ser humano se produce un instante en que de pronto toma conciencia de sí mismo, y sus energías se liberan; a partir de ese momento podemos contar nuestro tiempo, en ese momento nacemos. La simiente del genio está en todas las personas. Pero no toda persona es capaz de convertir su vida en su propia vida. La verdadera genialidad es la genialidad existencial. Me atrevería a calificar de inútil casi todo el saber que no fuera un saber directo sobre nosotros mismos.”

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nota pendiente: Raro, raro, raro (20 de agosto de 2011)

El avión que me llevaba a Salta aterriza en Jujuy.

Parece que el aeropuerto está cerrado a causa del mal tiempo pero nadie nos avisa del cambio de trayectoria.

En el aeropuerto de Jujuy, ya hay un micro esperando para llevarnos a Salta.

Con nosotros viaja el vicegobernador: una señora loca le reconoce y le dice que por qué no soluciona ese lío y le busca un lugar donde dormir. Él le ofrece la cárcel.

La gente comienza a gritar al vicegobernador pidiéndole que arregle el radar. Él, a su vez, les grita que le escriban una carta a la presidenta.

Es todo tan surrealista y divertido, que intento no perderme nada de lo que está pasando.

La señora loca se sienta a mi lado y dice que todo es culpa suya, que es la primera vez que viaja en avión pero, como experiencia, fue más que suficiente. Insiste en que ella nos dio mala suerte y se queja de que ni siquiera pudo entrar al zoológico en Buenos Aires porque estaba cerrado (???)

Todo el mundo parece enfadado o molesto. A mí me da un ataque de risa y querría bajar el volumen de mis carcajadas pero no puedo.

Llego a Salta a las 2 y media. A esa hora ya no tengo colectivo para Tartagal así que busco hotel. Por supuesto, como el lunes es feriado, no encuentro habitación.

Es demasiado tarde para llamar a Miriam o a Carlos, pero el recepcionista de un hotel muy cheto se apiada de mí. Le cuento mi aventura y me ofrece lo único que tiene: una suite con jacuzzi (normalmente cuesta 1,200 pesos pero a mí me la deja en 500). Los dos nos reímos: ni siquiera necesito aclararle que no tengo tanta plata.

Debo de tener un aspecto lamentable (cargada de afiches, medio dormida y con frío) porque comienza a llamar a una docena de hoteles.

Al fin encuentra una single vacía en uno de ellos. No sólo me acompaña al taxi y le indica al taxista cómo llevarme sino que, cuando llego a mi destino, escucho que llama a su colega para comprobar que estoy sana y salva.

En mi nuevo alojamiento me recibe un tipo muy agradable. Le pregunto si puedo tomar el desayuno a esa hora (ya son más de las 3) y me sirve té caliente, galletas, manteca y mermelada de fresa. Me siento como en casa.

Después me habla de motos y del día en que se le apareció la Virgen. Yo, por supuesto, le hablo de La Verbena.

Todo es tan raro y entretenido, que aún me quedo hablando con él una hora más. Parecemos viejos amigos.

En ningún momento siento que me está mintiendo en nada de lo que me cuenta.

Por la mañana entro al baño para darme una ducha y me quedo encerrada dentro.

Aporreo la puerta, me río, me entretengo mirando a una araña que trepaba la cortina, dudo si ponerme a gritar para pedir ayuda… pero finalmente impera la cordura: llamo a Carlos para que busque el número del hotel en internet, hable con ellos y les pida que me rescaten.

Todo muy normal.

No sé si estoy descubriendo el “realismo mágico salteño” o soy yo la que siempre termina metida en líos sin proponérmelo.

Y aún no ha terminado el día…

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nota pendiente: Canción repentina (Teresa Parodi), (30 de mayo de 2011)

Hoy agendé para mi vida
solo el amor y la alegría,
multipliqué por dos las horas
para llenarlas de poesía.

Te dibujé un sol intenso
en la pared de la cocina,
puse carteles en las puertas
solo deseándote un buen día.

Y te llevé guitarra adentro
hasta el umbral del alma mía,
te hice pasar, te di la llaves
y me olvidé allí nomás que las tenías.

En el papel en donde escribo
esta canción tan repentina
no cabe el verso que te nombra
mientras la casa se ilumina.

Que no se atrevan las tristezas
a molestar en este día,
hoy celebramos la esperanza
cosida a mano y a medida.

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nota pensiente: Clarice Lispector, “No entender” (27 de mayo de 2011)

“No entiendo. Esto es tan vasto que supera a cualquier entender. Entender es siempre limitado. Pero no entender puede no tener fronteras. Siento que soy mucho más completa cuando no entiendo. No entender, del modo en que lo digo es un don. No entender, pero no como un simple de espíritu. Lo bueno es ser inteligente y no entender. Es una bendición extraña, como tener locura sin ser demente. Es un manso desinterés, es una dulzura de estupidez. Sólo que de vez en cuando viene la inquietud: quiero entender un poco. No demasiado: pero por lo menos entender que no entiendo.”

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nota pendiente: No avestruz (6 de mayo de 2011)

Fui a ver a Tontxu, como a un viejo amigo que uno reencuentra lejos, por casualidad.

Y hoy lo escuché diferente. Diferente a aquella vez, en el paraninfo de la universidad, y diferente a todas las demás.

Debe ser que hemos cambiado mucho los dos.

También me conmovió como nunca.

La gente sentada alrededor, en las mesas, los sofás, almohadones. Las velas. Todo parecía familiar y desnudo.

Me alegré de estar con Julia porque sé que ella comprende. Reconoce la magia.

Además, sentí que podía compartirle algo muy mío; o al menos mío desde hace tiempo. No como casi todo, últimamente.

No es un poeta pero tiene ingenio. Y su guitarra suena amigable, que no es poco.

En varios momentos pensé en Lea con tristeza. Después de todo, creo que le hubiera gustado.

Antes de empezar a cantar En el medio (Erdian), Tontxu habló del terrorismo. He escuchado esa canción muchas veces. Pero esta noche, su letra en euskera me sacudió. Y lloré. Y Julia agarraba mi mano casi contenta.

No sé si es obsceno esto que digo: pero el dolor de mi barrio, de los que tienen mi acento, me hizo sentir en casa. De una forma un poco cruel pero intensa.

Cuando volvió el silencio dije “Eskerrik asko”. Cómo no iba a dar las gracias. Y Tontxu me contestó “Zuri.”

Entonces empezamos a hablar, en euskera, que no es el idioma de ninguno de los dos pero lo parecía. Y a mí, que creí estarlas olvidando, las palabras me salían solas, sin pensar, como contentas de volver a verme.

Me preguntó de dónde era y se lo dije. Me preguntó si estaba de vacaciones y le conté que no, que vivo acá y trabajo en UNICEF.

Todo eso allá, en mitad del concierto y el desconcierto de la gente.

Cuando dejamos de hablar hizo una broma. Les tradujo a los demás: “Charlábamos de lo normal… Le pedí el teléfono y ella me dijo que no puede pasar esta noche conmigo…”

Todos se rieron. Y yo me acordé de Santi, de Txus, de las tardes de los lunes en el taller literario.

Dijo algo así como: “Si ya estaba emocionado por estar aquí, imaginaos ahora…”

Y siguió cantando.

Después volvió a bromear conmigo “criticando” a los porteños. Hasta que alguien pareció un poco molesto.

Y seguimos escuchando. Historias. Algunas mías. Otras no tanto.

No me tomé una foto con él. Y aunque pensé en David y en Sara, no le pedí que firmara en mi cuaderno.

Me fui de allá cansada, con la certeza de que tenía que ser así (con Julia, esta noche, sin él, conmigo, sin pruebas de que fue la magia). También muy segura de que el 29, para su último concierto, no voy a volver.

Un taxista como todos, me dijo lo de todos (que tiene parientes vascos, que de qué equipo soy, que no entiende eso de la independencia) pero no sé por qué, me resultó especialmente molesto. Cuando bajé del coche, esperó a verme entrar al portal, preocupado por mi seguridad.

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