El sol de Orán me quema la nuca.
Mis padres preocupados al teléfono.
Colectivo a Embarcación.
Con arena entre los dedos de los pies, visito varias casas de la comunidad.
Dos jovencitas me ayudan a cargar con una tele.
Sirvo gaseosa y juego con los pibes hasta romperme un zapato.
Cansada, con sudor en la espalda y tierra en el pelo, camino con Mónica en la oscuridad y canto para que se ría.
Me siento afortunada por estar acá y hacer este trabajo.
La nueva mañana me recuerda a Guatemala; la amenaza de lluvia, la lentitud de la gente.
Me conmueve la ternura de una abuela, negra y pequeñita, que lleva al colegio a su nieto, blanco y sonriente.
Un hombre en bicicleta, con la mejilla hinchada por hojas de coca, charla con una mujer que barre la acera.
No sé si esto es consciencia de la felicidad o de que, en algún momento, recordaré estos días como un tiempo feliz.
Tengo ganas de volver a casa y eso me parece un buen síntoma.
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